Barro Verde Fest Oaxaca
- Jose Sanchez

- 14 abr 2020
- 2 Min. de lectura
Un pueblo alfarero quien aún lucha por subsistir desarrollando una actividad heredada de siglos atrás: la alfarería del barro verde. A escasos 9 km hacia el noroeste de la urbe oaxaqueña, situado entre planicie y monte, descansa el colorido pueblo de Santa María.
“Las manos trabajan mientras los pies giran el torno”. Así de sencillo describe una artesana, pero es más complicado que eso: la elaboración de piezas de barro verde implica todo un proceso que comienza, en ocasiones, antes de que el sol se asome.
La primera labor es la de traer la loza desde las minas de San Lorenzo Cacautepec, ubicadas a 4 km de la localidad de Atzompa. Ayudados de un burro que carga cinco o seis cubetas retacadas de ese material, los artesanos andan el caminito hecho poco a poco por las pisadas de sus abuelos, las suyas propias y por el que andarán también sus nietos. Una vez en casa, el trabajo de los hombres es romper con un palo las losetas de barro hasta convertirlas en una masa uniforme, y luego le agregan agua para que toda la familia, aun sus miembros más pequeños, comiencen la labor de moldeado. Para entonces, algunas de las mujeres habrán preparado ya el desayuno, generalmente a base de tortillas caseras, chile, frijoles y café, lo que tal vez signifique el alimento más fuerte del día.
Tras levantar parte por parte las piezas en el torno -instrumento tan antiguo como su precolombina tradición alfarera-, se les deja a la intemperie alrededor de ocho días con el fin de que resistan la cocción en el horno; este tiempo lo aprovechan para continuar con las piezas que han reposado. El característico color verde de su arte se logra a través de la greda: polvo que vuelven sustancia líquida al combinarlo con agua, para luego impregnarlo a sus piezas una a una. Esta técnica se las enseñó (hacia el siglo XVI) el clérigo Alonso Figueroa, y ha sido transmitida de generación en generación con el mismo amor con el que fue recibida por los antiguos pobladores.
Luego de su primera cocción -la cual es anterior a la aplicación de la greda- las ollas, los jarros y las tazas tienen el color natural de un barro blanquecino, y podrían perfectamente aguantar el trajín cotidiano de cualquier cocina. Por ello, un pequeño porcentaje de las piezas se vende conservando su color natural, aunque a un precio muy bajo. Sin embargo, en la mayoría de los casos ese metálico verde vidriado es, además de una tradición, una necesidad para la aceptación de los compradores. es precisamente ese acabado lo que convierte su artesanía en una obra muy singular. Tal como ha sido desde hace casi 500 años, los artistas siguen trabajando hoy con el barro y con la greda para colorear sus creaciones de barro: arte que pertenece orgullosamente a nuestro México.
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